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viernes, 10 de abril de 2026

LA VIEJA DE LA ESTACION

Martín me rompió el corazón. No entendí muy bien cómo, un día me di cuenta de que me prestaba demasiada atención, y así, sin querer, me fui enganchando. Yo tenía novio hacía tres años y la situación se me puso fea, porque me resultaba insoportable la idea tanto de dejarlo como de cagarlo. Y estuve un tiempo así, en una encrucijada, haciéndome la idiota ante las insinuaciones de Martín, llorando por los rincones escondiendo una pasión tan grande y tan al pedo. Andaba como bola sin manija, a la deriva, sin saber qué hacer, ni cómo controlar la situación y tratando de disimular lo que me quemaba por dentro. 

Ese día tenía que viajar a capital a una clase de literatura norteamericana. Me fui a la estación de trenes temprano, cansada como siempre de no dormir, dominada por la ansiedad y por la culpa. Me senté en uno de los bancos a esperar la hora del tren y me puse los auriculares para escuchar música (en esa época eran walkmans, ¡con cassettes!). Ni bien puse play, sonó “Wish you were here”, de Pink Floyd, y yo deseaba realmente que él estuviera ahí, que me explicara que sentía, por qué, y por qué con él. Se me llenaron los ojos de lágrimas, muchas lágrimas. En eso se para al lado mío una vieja, una señora de unos 80 años. Se ve que me había visto. Me miró, me sonrió cálidamente y me ofreció un pañuelo de papel.

- ¿Qué te anda pasando nena? - me largó muy suelta. 

Y ahí empecé a llorar con congoja, con dolor en el pecho, a moco tendido delante de esa extraña que nada más me vió. Cuando pude decir algo, le confesé:

- Me enamoré, como una pelotuda. Mal. Tengo novio hace muchos años, y no va que me voy a enamorar de uno que encima es terrible mujeriego ...

- Ahhhhhhh, eso sí es un problema ...

La vieja sacó un cigarrillo, se sentó al lado mío, se lo prendió y me ofreció uno. Yo no sabía fumar, pero estaba tan sobrepasada que lo agarré, lo prendí, y fue como si siempre hubiera fumado. Y seguí llorando. Le conté a groso modo la situación, era un amigo de mi hermano, hasta donde yo sabía muy hincha pelotas, muy mujeriego, para nada lindo, pero vaya uno a saber por qué, me caló tan profundo. Cuando me quise dar cuenta el tren había llegado, se había ido, seguro me perdía la clase, pero bueno, esto evidentemente era más urgente. Ella me escuchaba en silencio, me miraba atenta, como si fuera su misión dedicarme ese rato.

- Yo no puedo tirar mi vida por la borda por este tipo - le dije cuando terminé mi relato.

Mi miró con cariño, y me secó las lágrimas ella misma con un pañuelo.

- Ay nena nena, hay algo que tenés que saber de estos hombres - me dijo, y se puso seria - son encantadores, sí, terriblemente seductores, y lo saben y lo aprovechan.

Se prendió otro pucho, fijó su mirada en las vías del tren, a lo lejos, se peinó las canas con una mano, como si supiera muy bien de qué hablaba, como si lo hubiera vivido en carne propia.

- El tema es que no saben amarse, no tienen un gramo de autoestima. Suelen ser los hijos del medio. Es fácil reconocerlos por sus excesos con la comida, bebida, sexo, tabaco, juego, y todo tipo de vicios.

La descripción le caía justito. Era lo que más me atraía de él, sus vicios. Me arrastraban, esos vicios tenían un poder sobrenatural sobre mí.

- Su táctica, por decirle de algún modo porque ellos lo hacen sin darse cuenta, es nutrirse del amor que le profesan las mujeres que caen en sus redes. Es como que compensan lo que no sienten por ellos mismos con lo que sienten esas mujeres que se derriten con sus encantos. Rara vez concretan algún amor más allá de una buena revolcada. Llevarlo a la realidad sería para ellos arriesgarse a sentir algo, a invertir en cuentas ajenas, y eso los desequilibraría. Son como los avaros, pero con los afectos. 

Se le cayó una lágrima a ella también. Le quise preguntar, pero no me dejó hablar, y siguió:

- No tienen piedad cuando las ven sufrir, y se esconden detrás de máscaras de patitos feos - te cuentan historias tristísimas - o de supermachos. Y en el fondo siguen siendo niños sedientos del amor de una madre que se tuvo que dedicar a otras cosas u otros hijos.

Dió la última pitada, tiró la colilla y la pisó con bronca, como si fuera una cucaracha que no se quería morir.

- La única mujer que encaja en sus vidas es la que puede cumplir con ese rol de madre, hasta tiene que permitirle aventuras con otras mujeres ... Mejor mirá para otro lado. No maduran jamás ... 

Faltaba poco para el próximo tren. Pensé en levantarme para comprar algo en el kiosco antes de irme, pero me clavó sus ojos negros y me miró risueña, con cara de bruja que trama algo.

- Existe una vieja maldición - dijo con picardía -  "Ojalá te enamores". Se la desean los árabes a sus peores enemigos. Para algunas culturas enamorarse puede ser un buen castigo. Para ellos, el desastre del enamoramiento radica en la pérdida del juicio y la voluntad, así que no imaginan mejor castigo que ver a su enemigo convertido en un enamorado vulnerable y descentrado. 

Entonces sacó un frasquito con un líquido rojo, no sé que era, espero que no fuera sangre.

- Escribime el nombre en este papel.

Me extendió un papel grueso, viejo, como si fuera algo reciclado. Escribí el nombre, se lo dí, tiró unas gotas del líquido arriba, hizo un bollo y, miró al cielo, diciendo solemne:

- Yo pido que ¡Ojalá te enamores!

Sacó el encendedor y lo quemó ante las miradas atónitas de los demás pasajeros. Justo llegó el tren siguiente, le di un beso, le di las gracias un tanto sorprendida por lo que hizo y me fui. Y durante el viaje a Capital, pensé muy bien en todo lo que me dijo.


A los pocos días, encontré sobre mi cama una carta anónima con la frase “La pasión no es más que un invento”. Supuse que era de él. Y que la maldición había funcionado. Jamás le dije nada. Preferí creer que era él quien había caído en mis redes y me olvidé del asunto.

lunes, 30 de marzo de 2015

EL HILO ROJO



Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están unidas por un hilo rojo anudado a sus respectivos meñiques. El hilo permanece siempre atado, a pesar del tiempo y la distancia. No importa cuánto tardes en conocer a esa persona. No importa que pases mucho tiempo sin verla. Ni siquiera importa si vives en la otra punta del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá. Este hilo viene contigo desde tu nacimiento y te acompañará, más o menos tenso, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida.

A Boris lo conocimos en Villa General Belgrano, no recuerdo bien en qué año, después del 2000 seguro. Fuimos a pasar un fin de semana largo a la casa de la familia de Iván, y como de casualidad había una feria de artesanos que venían de todo el país, fuimos a conocerla. Fue una gran sorpresa, porque más que artesanos, los de esa feria eran verdaderos artistas. ¡Había de todo! Me encantaron unos juegos de ingenio hechos con alambre, dificilísimos, maravillosos para entretenerse un rato largo. Había varios stands con licores artesanales, recuerdo que el que me traje, un lemoncello riquísimo, se nos terminó en seguida, me lo tome de a sorbitos sin darme cuenta, en un par de semanas. También compré una réplica en cerámica de un calendario maya que todavía tengo colgado en una pared en casa. Era todo precioso. Hasta los aromas que nos invadían por todos lados, sahumerios, velas, aunque lo mejor venía del stand de Porky's, un lugar que lamentablemente cerró hace algunos años, que se dedicaba a la fabricación artesanal de fiambres. Los mejores salamines, bondiolas y jamones crudos que haya probado en mi vida. Y, contra todo pronóstico, una mortadela que era un manjar, no hervida como la de supermercado, sino cocida en horno de barro.

Pero Boris fue un disparo al corazón. Ni bien divisamos por el pasillo por donde caminábamos algo que parecía un tablero de ajedrez nos lanzamos a verlo. Quedamos boquiabiertos: era absolutamente artesanal, hecho en quebracho colorado para los escaques negros y quebracho blanco para los escaques blancos, según nos dijo. Por donde uno lo mirara quedaba perplejo ante  perfección, excelencia, era un trabajo sublime. Cuando levantamos la vista después de un rato extasiados, para ver quién estaba detrás de semejante obra de arte, lo descubrimos ensimismado tallando al detalle los dientes de un caballo. Era un lujo poder ver en acción semejante talento, absorto como un samurái en las prácticas matutinas con su sable. Su rostro circunspecto y concentrado, abstraído de todo lo que lo rodeaba, se escondía bajo una boina negra, detrás de un par de anteojos recetados. La pasión que ese hombre le ponía a lo que estaba haciendo, que le había puesto seguramente a lo que estaba en exhibición, era indescriptible, inenarrable: –¡Quiero uno así! —dijimos con Iván al unísono. Era un hombre muy joven para tanta destreza, no tendría más de cuarenta y cinco años, ya tenía algunas canas. Sus gestos y movimientos revelaban una elegancia infinita, su voz  una solemne gravedad. Cuando preguntamos el precio, estaba muy fuera de nuestras posibilidades en ese momento comprar uno. Juro que valía lo que pedía, y más también. Le pedimos una tarjetita que creo tener todavía atesorada entre mis recuerdos importantes.

Por esos días estábamos de novios. Un tiempo después nos casamos, cuando sentimos la necesidad de legalizar nuestra unión. No faltó el momento en que la curiosidad nos pudo y quisimos saber qué mezcla saldría de nuestros genes italianos, alemanes, españoles, yugoslavos y charrúa, según cuenta otra leyenda, y encargamos a Felipe, que llegó un 18 de abril casi a las diez de la noche. Una amiga psicóloga que vino en seguida a verlo al día siguiente, cuando lo vio levantar el cuello mientras descansaba sobre mi pecho se tapó lo ojos con las manos y exclamó: — ¡Por favor, qué inteligente va a ser ese chico! —. Fue casi como una sentencia. Felipe nos asombró al decir una palabra de tres sílabas como “abuela” a los  9 meses. Nos sorprendió cuando aprendió a caminar a los 10. Felipe “el adelantado”, le decía la pediatra. Felipe que un día me escuchó contarle a unos alumnos que “chess” en inglés significa ajedrez. Y repitió la palabra con su vocecita inquisidora por primera vez.

—A-je-dez. ¿Qué es ajedez mami?
—Es un juego hijo.
— ¿Cómo es mami?
—Mmmm ... Tiene un tablero grande  ... muchas piezas ... dos caballos, dos torres, una reina y un rey – le dije pensando que mis conocimientos sobre el juego se limitan a reconocer donde va cada pieza al comenzar la partida, y el movimiento de cada una. Iván sí sabía jugar, cuando estuvo en el Balseiro, jugaba partidas hasta con dos tableros con sus compañeros de estudio.

Una vuelta Verónica, una alumna que ya era abuela, cayó a una clase con un juego Ruibal de regalo, cuando Felipe todavía no tenía todavía tres años. Podrán imaginarse su alegría. Se abalanzó sobre el paquete, lo abrió al instante a los gritos y a los saltos: —¡Rompé el papel que trae suerte! — sugerí. En seguida le enseñamos cómo  ubicar las piezas. Para sorpresa nuestra, no hubo que repetírselo más de dos veces. A Iván no le gustó demasiado, decía que era muy chiquito, que no había que apurarlo, no le quiso enseñar, y yo hice lo que pude que no fue demasiado. Al tiempo le regalaron otro, de viaje, con piezas que quedaban fijas, que le encantó. El Ruibal se lo presté en algún momento a Andrés, mi profesor del gimnasio que le enseñaba a jugar a los presos, organizaba torneos creo. Nunca volvió de regreso, no porque no quisiera devolvérmelo, sino porque me pareció que yo no podía sacarle una diversión tan noble a gente que estaba encerrada entre cuatro paredes.

El tiempo fue pasando, Felipe llego a segundo grado, y después de pedirnos de todas las maneras posibles que lo mandáramos a aprender a jugar, averigüé y lo anoté en el Club de Ajedrez, los jueves iba a rugby  seguí que el único día que tenía para dedicarle eran los martes. Una vez a la semana era suficiente, cuanto menos se lo estimulara intelectualmente mejor, no necesitaba que lo anduviéramos adelantando. Ya habíamos tenido demasiados problemas en el colegio porque era muy despierto. La maestra de la primera salita de jardín usaba unos recursos pedagógicos  basados en tener dos alumnos, el mejor y el peor, y aleccionar al resto en base a lo que hacía con esos dos. Felipe  se aburría fácil, tuvo mala suerte y le tocó el peor puesto, la maestra lo agarró de punto y le hizo de todo, hasta llegó a castigarlo sacándole del bolsillo del pintor las galletitas que él amorosamente guardaba para traerle a Manu que estaba en mi panza, y las tiraba a la basura. Se hizo fama, y aunque con la seño Yesi de la segunda salita tuvo mucha suerte porque es la mejor, la de la tercera sala empezó mal, en marzo no más le dijo delante de todos sus compañeritos que iba a tener que tomar medicación. Feli salió del colegio temblando como una hoja, paralizado del miedo, y llorando me contó cómo la maestra lo humilló delante de todos. No lo dudé y consulté a mi amiga psicóloga, que le hizo unos tests y llegó a la conclusión de era muy inteligente y no querían prepararle tarea para tenerlo entretenido. Sufrió muchísimo por ser así. Vivía en la dirección, porque los nenes estaban acostumbrados a echarle la culpa de todo. Nadie lo invitaba a jugar a su casa. A veces todavía me cuenta cosas de esas épocas. A todo esto Iván seguía sin querer enseñarle, pero para Felipe era suficiente jugar con otros nenes cada tanto. Hasta llegó a participar de un torneo. Antes de llegar al lugar,   le dijimos que se entretuviera y la pasara bien por el simple hecho de participar, aunque no faltaron broncas y lágrimas. Otros padres que estaban ese día ejercían una presión monstruosa sobre sus hijos entrenándolos entre partida y partida, seguramente con la esperanza de estar formando un futuro maestro.

La cuestión es que Felipe salía siempre de ajedrez diciendo que había sido el día más feliz de su vida, y entonces un día me acordé de “Ajedrez Djukich” y lo busqué en Facebook, aunque no creí que lo fuera a encontrar porque nunca más lo habíamos visto en otras ferias. Pero sí, existía. Le pedí amistad inmediatamente. La foto de portada era impactante: un tablero con escaques en Guayubira y Guaranina. ¡Una locura! Y como las cosas venían bien en el colegio y se acercaba el cumpleaños, lo convencí a Iván y decidimos comprárselo. Le conté a Boris de dónde lo conocíamos, nos explicó que era de La Lucila y lo iba a tener que mandar por encomienda, cosa que nos pareció bien, y se lo encargamos. Lo que surgió fue extraño, porque entablamos una breve amistad a distancia. Resulta que se me ocurrió que un artista como él iba a disfrutar mucho de la reacción que su obra pudiera causar en un niño pequeño y filmamos el momento en que le dimos su regalo. Boris nos escribió conmovido, disfrutó mucho viendo a Felipe gritando: —¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! —. No pude con mi curiosidad, y siempre por chat privado, le pregunté cómo era que había terminado dedicándose a hacer esto como medio de vida. Ese hombre  que vi una sola vez, con su boina y sus anteojos, me contó su historia, con el corazón en la mano. Era técnico egresado de un colegio industrial, y para el año 2001, la época del famoso corralito de Cavalo, se quedó sin trabajo. Y mientras tanto, pensando qué iba a hacer de su vida, para pasar el mal trago, le empezó a diseñar y fabricar un juego de ajedrez a su hijo, en madera, absolutamente artesanal, una pieza única en el mundo, que combinara ese juego con el arte, para ver si podía engancharlo con el juego.

Cierro los ojos, y veo a ese padre, en el medio de la peor crisis de su vida, con un hijo pequeño que alimentar, y sin demasiadas soluciones al alcance de su mano ya que medio país que había quebrado. Lo veo tomar sus herramientas, improvisar un taller en el fondo de su casa, enfrentar sus temores, broncas e inseguridades y traducir su lucha interna en poesía. Porque sus tableros son poesía. Imagino la paciencia con la que sus manos tallan esa madera. Casi domándola, doblegándose a sí mismo en el intento de que la perfección de su visión quede plasmada en las piezas que tiene en la mesa de trabajo. Puedo sentir el olor a madera. Veo una lágrima, la única, que  está enterrada en ese tablero. Veo el corte en la piel por algún martillazo mal dado. El pequeño hilo de sangre que se escurre entre las vetas de la madera. Imagino también a su esposa llevándole un té con escones para que coma algo, porque como trabajador incansable que es, absorto como lo conocí en la feria, se debe olvidar de comer, no debe ser muy diferente en su casa. Dolor, sangre, sudor y lágrimas. Como en el trabajo de parto.

Cuando su vecino vio el tablero quedó hechizado al instante, y no dudó en encargarle uno al precio que le pusiera. Así fue como sus tableros fueron embelesando uno a uno a distintos clientes, fueron surgiendo en distintas maderas y diseños a partir de ese primer juego concebido con tanto amor. Boris no sabía que en esa primera obra,  le daría vida no solamente a la pasión de su hijo, sino a su propio destino, a su trabajo, a su propia empresa unipersonal, a la huella que él iba a dejar en este mundo, en La Lucila y por donde fuera que sus obras se abrieran paso. Me contó que llegó a exportar algunos que le pidieron desde el exterior, pero que es demasiado engorroso tanto el tema del embalaje como que llegue en óptimas condiciones como a él le gusta. Con lo que le encargan en Argentina le alcanza y le sobra. Parece mentira que ya pasaron dos años de esas charlas. Le prometí  que iba a escribir su historia, y sin embargo no hallé la manera de contarla. Pude ver el principio, un extremo del hilo rojo, pero no a dónde me llevaba. Y mi promesa se murió en el intento.

A Felipe le costó mucho pelear contra la estigmatización que sufrió por parte de esas dos maestras. Siempre es más fácil pensar que un chico tiene problemas en la casa, o padece algún déficit atencional, que hacer algo para desentrañar las cosas y tratar de solucionarlas. Este año no va a poder ir a sus clases al club, tiene rugby martes y jueves, se le superponen los horarios. Pero la vida siempre encuentra la forma de que los cambios sucedan. La semana pasada hubo un show de talentos en el colegio. Como Felipe no sabía qué hacer le sugerí que preparara unas frases con una breve reseña de la historia del ajedrez, y que contara desde su experiencia que se trata de un juego de estrategia, cuál es el objetivo, las piezas más importantes y dónde aprendió a jugar. Al principio se resistió un poco, pero cuando me preguntó si podía llevar el tablero y le dije que sí, le brillaron los ojitos. Sentí que algo iba a cambiar. Cuando salió del colegio estaba radiante, hinchado, feliz. Lo quise ayudar a cargar el juego hasta el auto pero no me dejó. Lo quería  llevar él, con orgullo. Entonces me dijo que le había ido genial. La profesora quiso que pasara primero, y fue mostrando las piezas a medida que él las nombraba. Lo aplaudieron como locos, todos los chicos de 4to, 5to y 6to grado. Todo el mundo quería tocar el tablero. Pasar un dedo por la superficie brillante. Contarle los dientes a los caballos. Mirar las cuatro reinas descansar en su caja, dos por cada color, por si se tiene la suerte de coronar, como me explicó Boris. En el recreo Feli jugó con un nuevo amigo que hizo ese día en el grado, y los chicos de los cursos más altos venían a mirarlos jugar y hacían apuestas sobre quién iba a ganar. En el colegio lo empezaron a tratar con “respeto”, a él que tenía fama de ser de los peores. Y fue todo tan mágico, que hasta tiene profesor nuevo, su papá, que supongo que se habrá dado cuenta de que quizás su hijo tenga mejor suerte de la que tuvo él.

Por este final escribo el cuento. Porque entendí recién hoy que un extremo del hilo rojo estaba en la feria hace unos quince años, atado al dedo meñique de Boris. Anidó en mi cuerpo y esperó a que Felipe existiera, y ahí se enlazó a su dedo. Esperó, soportó estoico el tiempo, la distancia y los malos momentos, impertérrito, a que se dieran las condiciones en que Felipe creciera y pudiera demostrar él solito quién es, y defenderse, abanderado con su pasión y su tablero.

El hilo rojo nació en Villa General Belgrano, y une dos almas que no se conocen, por todo el trayecto que lleva desde La Lucila hasta Santa Rosa, La Pampa. Es difícil imaginarse hasta qué punto ese hilo invisible, de cuya existencia ahora estoy convencida, puede conectar los distintos eventos de dos vidas a través de los años. No sé quién sea el titiritero que mueve los hilos rojos cual director de orquesta, en el momento exacto, con precisión de reloj suizo. Muchos creerán que es algún dios, otros le dirán destino. Para mí, fue el amor de Boris por su arte.


La Plata, marzo de 2015



viernes, 6 de diciembre de 2013

MI PRIMER VELORIO

Descubrí a Felipe en el velorio del tío Guido, cuando tenía veintiún años y él diecinueve. Digo que lo descubrí, porque realmente así sucedió. Aunque lo conocía desde que éramos chicos, nunca le había prestado demasiada atención: amigo y vecino de mis primos de toda la vida, era el típico nene feo, flacucho y retraído. Nunca había cruzado con él más de dos palabras juntas, ni había tenido siquiera intenciones de hacerlo.

Durante varias semanas, mi familia estuvo esperando el llamado que avisara del fallecimiento. El tío sufría de un cáncer terminal desde hacía seis meses, y estaba en sus últimos días. Cuando por fin sonó el teléfono – odio las agonías, tanto las propias como las ajenas - un martes a las siete de la mañana, era Felipe, que justo había acompañado esa noche en el hospital al menor de mis primos, Carlos, mientras cuidaba a su padre. Desde el primer instante en que supe que el tío Guido se había muerto, y que Felipe había estado con él esa noche, sentí una urgente, inexplicable, necesidad de verlo.
Ese día toda mi familia estuvo aturdida. Iban de una casa a otra, decían cosas sin sentido, se reían, lloraban. Al mediodía pasaron por Radio Universidad - el tío era periodista y locutor - un programa especial con sus mejores notas y reportajes. Lo escuché en el comedor diario de la casa del abuelo Manuel, junto con mis padres y mi hermano. Ese día fue la única vez que recuerdo haber visto a mi viejo llorar, a gritos, desconsolado, como un chico. Guido era su hermano mayor. En un primer momento me dieron ganas de abrazarlo, pero no me atreví. La relación entre nosotros fue siempre distante y muy fría, tuve miedo, no solo de no ser correspondida en el gesto, sino por la mirada de indiferencia y repulsión con la que se dignaba a notar mi presencia, a veces.
A la una de la tarde la tía Esther y sus hijos resolvieron que iban a hacer velorio - alguien tuvo la “feliz” idea de que no se podía privar a su gente a de verlo por última vez. A las tres de la tarde llegamos con mi hermano Guillermo a Sepelios Ruiz, que ya estaba llena. Mi tío había sido un individuo muy sociable, y además de los colegas y conocidos de la profesión, estaba lleno de amigos por todos lados. Enseguida se empezaron a acercar a darme el pésame y yo, tajante y apurada, di las gracias y me zambullí a registrar el lugar en busca de Felipe, probablemente para escapar de la seguidilla de "lo siento mucho" que me tocaban –nunca entendí que esas palabras pudieran expresar lo que hasta un chico sabe se transmite solamente con un largo silencio.
Nos tocó la sala velatoria más grande. Por una entrada imperial de madera se pasaba a una recepción-estar enorme llena de gente. A la izquierda del ambiente una escalera conducía a una salita en el piso de arriba, y a la derecha un pasillo comunicaba al cuarto del féretro, lleno de coronas, ramos de flores, lámparas con forma de velas y una cruz de dimensiones descomunales que colgaba de la pared. De todas las habitaciones era la única con buena luz. En las demás apenas si se distinguía la cara de la gente. De pésimo gusto, porque en realidad lo último que uno quiere es ver al difunto.
No encontré a Felipe. El que estaba era Alberto, su hermano. Disimuladamente pregunté por él. Me dijo que estaba descansando porque había pasado la noche sin dormir en el hospital. Seguramente en un rato vendría, porque dudaba que pudiera pegar un ojo, lo que me dio tiempo para ir a casa a arreglarme. Recién apareció cerca de las nueve de la noche. En cuanto lo vi, no le di tiempo a nada, me le abalancé y lo envolví en el más cálido abrazo que di en mi vida entera, pasmada ante mi propia reacción, y esbocé una sonrisa diciéndole:
—¡Felipe, te ganaste el cielo!
Me miró con cara de no entender, y yo no tuve ganas de explicar. A partir de entonces, todo en mí fue un impulso, un instinto, de esos que son más fuertes que la propia voluntad, que nos dominan, obligándonos a actuar sin pensar, por el solo placer de satisfacer esa caprichosa necesidad que se apodera de nuestro ser, y que lamentablemente ocurre muy pocas veces en la vida. Creo que recién en ese momento lo miré por primera vez: alto, bien formado, tez oscura, nariz grande, ojos verdes y un hermoso pelo largo de color castaño. Tenía una mirada muy especial, de esas que conmueven, que hacen llorar de alegría y de tristeza. Felipe también se apegó a mí esa noche. Entre mate y mate, nos contamos nuestros "grandes pesares". Mi novio Néstor era un mujeriego empedernido; estaba cansada de enterarme de sus andanzas, que no se molestaba en ocultar. A él su novia Justina, la primera, la única, lo había dejado. Pavadas, claro, que con el tiempo uno aprende a ver desde otra óptica, pero que, en ese momento nos unieron. Conversamos sobre todo lo que uno se pueda imaginar que hablan dos personas que dejaron caer sus barreras . Las noches de velorio son muy largas, y en circunstancias de esa naturaleza a uno se le aflojan la lengua y los pensamientos.
Alrededor de las tres de la mañana, fuimos al piso de arriba de la sala, y nos encontramos con que estaban todos los compañeros del colegio, amigos y vecinos de mis primos durmiendo en los sillones y en el suelo en una suerte de alfombra de carne y hueso. Delicioso espectáculo aquél, ver cómo todos estaban reunidos acompañándolos en ese trance tan difícil. Parecían querer unir sus cuerpos para que el sufrimiento tuviera más espacio, haciéndose cargo cada uno de un poquito. Debían ser no menos de treinta. Felipe se recostó en el piso, y yo en un sofá que cortésmente me cedieron. Seguimos charlando un rato, en voz baja para no despertar al resto. Él encendió un cigarrillo, me miró, extendió el paquete, y yo, que nunca había fumado, acepté uno, lo prendí, y fumé como si lo hubiera sabido hacer desde siempre. A medida que fue pasando el tiempo, nos fuimos quedando en silencio. Creo que nos hacíamos los dormidos como para disimular los sentimientos, que se nos venían encima demasiado rápido, sin darnos tiempo a digerir lo que estaba ocurriendo. Como niños de cinco años jugamos a espiarnos de reojo, seduciéndonos. . . Nos sabíamos, de esa forma tan particular en que uno intuye estas cosas, en una misma abstracción.
A las siete de la mañana abrieron la cafetería, y allá fuimos los familiares y los más íntimos a desayunar. Pasó unos minutos la mamá de Felipe, Susana, que llegó con dos docenas de medialunas para cerciorarse de que sus hijos no pasaran hambre. Escuchándolos hablar, era evidente que Felipe era el hijo predilecto. Me sorprendió que abriera la cartera y sacara una bolsa llena de caramelos: —Felipe es hipoglucémico como yo, si no come dulces se marea . . . —, dijo orgullosa. Grabé todo en mi memoria, cada gesto, cada mirada, cada silencio. Desde la forma en que se acomodaba el pelo con las manos hasta la particularidad con que tomaba el cigarrillo con la yema de sus dedos. Y como nunca jamás me volvió a suceder, me dolió. Todo en él hacía que me doliera la piel, el cuerpo, las manos, el corazón.
Unos minutos antes de que cerraran el cajón me animé a mirar lo que había adentro. No se parecía en nada al tío. Parecía un muñeco de cera, muy canoso, con la piel amarillenta y brillosa. Uno a uno todos los presentes se fueron aproximando para darle el último beso. Yo no pude. Ese no era el tío que yo había conocido. El mío, aún después de años desde aquella velada, sigue más vivo que muchos de los que van por la vida escapándose de una muerte que los pescó hace rato. Por ser familiar, supuse que era mi deber quedarme en ese momento, y me detuve junto a la puerta, observando horrorizada el mórbido espectáculo. Cuando la tía dijo que Guido iba a tener frío, se me puso la piel de gallina, y muerta de vergüenza, pero ajena, huí espantada a comprar mi primer atado de cigarrillos.
A las once de la mañana el coche fúnebre y el cortejo partían hacia el cementerio, que quedaba a cuarenta kilómetros de la ciudad. Mientras esperaba que me asignaran un auto, lo perdí de vista. Me tocó un Peugeot 505 azul, en el que también iban Inés, la prima de mi mamá, y el marido. Apurada, lo busqué para que viniera conmigo, y lo encontré solo, oculto detrás de uno de los sillones verdes, llorando. "No me hagas esto por favor", pensé. Era un suplicio soportar tantas sensaciones nuevas juntas. Quería sentarlo en mi falda y arrullarlo como a un bebé, y cubrirle toda la carita mojada de besos y caricias. Tuve que conformarme con sacarle el pelo de la cara, secarle las lágrimas con los dedos, y sin darle opción, me lo llevé de la mano al auto. Todo el trayecto transcurrió en el más absoluto de los silencios. A las pocas cuadras de salir, Felipe pasó el brazo por mis hombros, y yo, lentamente, me fui acurrucando en su pecho. Todavía me parece sentir la barba en mi mejilla, su respiración en mi frente, mi placer. Por primera vez en mi vida, yo, siempre tan insensible, tan desapegada de todo, dejé que me abrazara la primer persona que realmente me importaba.
Al llegar al cementerio - un parque de varias hectáreas, lleno de flores y cuadrados de mármol diseminados por el césped -, nos dirigimos a la capilla, donde un sacerdote regordete y pelado dedicó unas palabras que deben haber causado sorpresa en más de uno. Confundido, en vez de hablar de Guido, hablaba de Chicho, apodo que vaya a saber de dónde sacó, porque nadie jamás supo que lo tuviera. Felipe esperó afuera. Nunca le agradaron las iglesias, según me había confesado esa noche. En medio de sollozos terminó la misa, y los hombres de la familia, incluído Felipe, alzaron el cajón y lo cargaron hasta la fosa. Una vez allí, lo depositaron en la tierra, una señora repartió claveles blancos, el cura dedicó unas pocas palabras más, y después todos entonaron la canción de la capilla a la que concurría Guido, tomados de la mano y abrazados. Cuánto masoquismo junto vi ese día . . . ¿Cuál era el sentido de despedir al tío de semejante forma? Yo habría fingido que se fue en unos de sus tantos viajes a Europa. Cuando lo extraño, voy a ese horrible cementerio parque, prendo dos cigarrillos, entierro uno encendido en el pasto, y fumamos juntos.
Mientras todo esto iba pasando casi sin tocarme, para mí solamente existía Felipe. Si me miraba o no, si lloraba, si estaba. En parte sentía culpa por no poder unirme al dolor colectivo, pero un impulso es un impulso, y es muy poco lo que puede hacer uno para evadirlo. Apenas terminaron de cubrir el ataúd con tierra, el público comenzó a dispersarse, saludando a la viuda:
—Te llamo y arreglamos para tomar un café, y lo que necesites, ya sabés, llamáme —, típicas frases que uno recuerda segundos antes de volver a hilvanarlas en otro velorio.
Entonces, empezó mi calvario. Tenía unos doscientos metros hasta el sector donde estaban los autos. Faltaban cinco minutos para que se terminara la fiesta y empezara mi vida de antes, pero sin ser la misma. La certeza de que el final se acercaba se hacía cada vez más intensa y tortuosa a medida que el peso de mis pasos iba aplastando los segundos restantes. Igual que en cuando éramos niños, en esos instantes en que la gente se empezaba a ir del cumpleaños y uno sabía que quedaba poco tiempo de diversión, y un sabor amargo arruinaba los últimos momentos. Igual.
Caminé muy lentamente delante de todos para reducir la velocidad de los que venían detrás. Al llegar al estacionamiento, me despedí de cada persona conocida, dejándolo a él último, aún jugando a estirar el tiempo. Cuando le tocó el turno, lo abracé larga y profundamente - por fortuna la gente estaba demasiado ocupada como para darse cuenta de lo que yo hacía. No quería olvidar cómo era sentirlo cerca. Lo miré a los ojos, le tomé la cara entre mis manos, y lo besé en la frente. Sus últimas palabras fueron: —Cuidate mucho . . . — Y me miró con sus ojos de patito feo, que se me clavaron como una estaca en el corazón. El viaje de regreso lo hice en el auto de mis padres, tratando de precisar desde la ventanilla de atrás en qué auto iba Felipe, para poder verlo una vez más, para saber que él también me buscaba. Pero la calle estaba colmada de autos, no lo encontré.

Lo volví a ver el viernes siguiente, cuando pasé por el bar Don Julio donde él trabajaba , porque se reunían ahí mis primos. No soporté la ansiedad por verlo. Y cuando iba de visita a la casa de la tía, a mi querido Villa del Parque, en los cumpleaños, Navidades y años nuevos. Lo que vivimos esa noche de velorio jamás se volvió a repetir. Nunca hablamos una sola palabra al respecto. Ni un solo abrazo. Creo que, incluso, evadimos cualquier tipo de contacto físico. Claro, no fue porque no lo sintiéramos. Tal vez fue el miedo. Eramos los dos un tanto tímidos. Yo era más grande, con novio . . . O tal vez haya sido que, como Alberto, el hermano, siempre había estado enamorado de mí, Felipe no quiso interponerse. O, tal vez, fue simplemente destino.
No seguí con Néstor mucho tiempo más. Al mes no pude seguir fingiendo, y lo dejé, con el pretexto de que me había enterado de sus trampas. Me lo negó a muerte, pero me aferré a lo que siempre había escuchado de mis amigas, y no le di la más mínima oportunidad de explicarme nada. Como casi siempre suele ocurrir, el tiempo nos hace olvidar, o al menos no recordar tan a menudo, aunque no son la misma cosa. Me casé un dieciséis de noviembre, en el décimo aniversario de la muerte de Guido, a los dos años de que Felipe se fuera a vivir a Neuquén con Larita, su mujer.

Hoy en día, veinticinco años después, cuando me levanto a las siete de la mañana a preparar el mate para mi esposo, Alberto, sola en la cocina, prendo el mismo primer cigarrillo de esa noche, y espero . . . A que este maldito teléfono suene de vez por todas, y que llame Felipe, para que disfrutemos otro velorio juntos. Cuando se mueran Susana, el marido, Larita, Alberto.

domingo, 6 de octubre de 2013

LA FIESTA

Era la fiesta de fin de año de la oficina, de esas que suelen hacer en los laburos donde reina la mala onda, con un champagne "aceptable" como única bebida, que en parte era para ostentar, en parte para asegurarse que a pesar de que nadie quería ir, el evento fuera un éxito y por una semana todo el mundo hablara de eso.

Al principio la gente caía y todos se miraban desde los rincones con cara de “qué mierda hago acá”, se servían una copita, empezaban a charlar con los más intimos, nos relajábamos un poco. Al rato pusieron una temazo para que se armara el baile, algo de Soda, y la soba-medias de Marisa lo sacó a bailar al jefe (nadie se animaba a salir antes de ese acto repetido aparentemente año tras año). Las burbujas fueron haciendo su trabajo y el público se siguió aflojando, las chicas se fueron acomodando los escotes para lucirse un poco más con la excusa del calor y acortaron sus polleras, los flacos se fueron olvidando de su novias y esposas -que no habían sido invitadas- y sacaban a bailar con los ojos desorbitados y las camisas afuera primero a las más lindas … hasta que no quedaba casi nadie fuera de la pista.

Salvo Pablo y yo, que seguíamos parados, cada uno en un rincón, copa y pucho en mano, con sendas caras de embole y mirando el reloj pensando -seguramente él también- en cuánto faltaría para poder irse sin quedar tan mal. Cruzamos miradas cómplices un par de veces, con revoleos de ojos confirmando el mutuo aburrimiento …

Yo tomaba y de alguna manera me divertía observando a las mujeres que no estaban acostumbradas al alcohol hacer verdaderos papelones - algunas me habían querido seguir el ritmo creyendo que si tomaban la misma cantidad que yo estaba todo bien, grosero error: yo era experta bebedora, imbatible al momento de mantener todo bajo control, incluso el de darme por vencida, una simuladora implacable, experta actriz envuelta en disfraz de niña inocente.

En un momento fui al baño, y sí, yo supe no-sé-por-qué, que me ibas a seguir, y me dieron ganas de jugar … A veces el alcohol me hace sentir un poco puta … Cuando te sentí cerca dejé que una de mis sandalias de taco se deslizara y se saliera, y no pude contener hacerme la mareada, y me apoyé en la pared. Te vi agacharte, recoger mi sandalia, tomar mi pie diez años menor entre tus manos maduras, calzarlo suavemente, y subir lento la mirada por mi tobillo, las rodillas, hasta donde empezaba mi solera roja. Y me miraste con cara suplicante, de corazón roto -creíste que no la iba a notar. Te juro que hasta ese momento no me había dado cuenta, jamás, ni en la máquina de café a la mañana, ni en los puchos en la puerta del banco. En ese momento se derrumbó una barrera entre nosotros, por un instante me sorprendió una intimidad abrumadora, me sentí avergonzada, y esa mirada de segundos duró un infierno, porque aunque jamás me tocaste, sé muy bien todo lo que me habrías hecho. Y me sentí desnuda porque no pude disimular: me gustó que me invadieras con esos ojos mezcla de lujuria y dulzura -entre cazadores sabemos reconocernos.

Mis ojos no te pudieron mentir, te diste cuenta de mi libreto armado, aprendido de memoria; que la inocencia la perdí antes de tiempo y de todo lo que yo también te habría hecho en otro contexto … Tu silencio me pidió perdón por no poder ponerme un dedo encima, cuando bajaste la mirada y te paraste. A mi también se me rompió el corazón mientras te ibas, se me desgarró algo, no sé, sentí que se deshacía una tormenta que recién empezaba. Creo que entonces me enamoré de tu respeto hacia los tuyos.

Guardé mi compostura y jamás dije una palabra.