Cuenta una
leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están unidas por un
hilo rojo anudado a sus respectivos meñiques. El hilo permanece siempre
atado, a pesar del tiempo y la distancia. No importa cuánto tardes en conocer a
esa persona. No importa que pases mucho tiempo sin verla. Ni siquiera importa
si vives en la otra punta del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero
nunca se romperá. Este hilo viene contigo desde tu nacimiento y te acompañará,
más o menos tenso, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida.
A Boris
lo conocimos en Villa General Belgrano, no recuerdo bien en qué año, después
del 2000 seguro. Fuimos a pasar un fin de semana largo a la casa de la familia
de Iván, y como de casualidad había una feria de artesanos que venían de todo
el país, fuimos a conocerla. Fue una gran sorpresa, porque más que artesanos,
los de esa feria eran verdaderos artistas. ¡Había de todo! Me encantaron unos
juegos de ingenio hechos con alambre, dificilísimos, maravillosos para
entretenerse un rato largo. Había varios stands con licores artesanales,
recuerdo que el que me traje, un lemoncello riquísimo, se nos terminó en
seguida, me lo tome de a sorbitos sin darme cuenta, en un par de semanas.
También compré una réplica en cerámica de un calendario maya que todavía tengo colgado
en una pared en casa. Era todo precioso. Hasta los aromas que nos invadían por
todos lados, sahumerios, velas, aunque lo mejor venía del stand de Porky's, un
lugar que lamentablemente cerró hace algunos años, que se dedicaba a la
fabricación artesanal de fiambres. Los mejores salamines, bondiolas y jamones
crudos que haya probado en mi vida. Y, contra todo pronóstico, una mortadela
que era un manjar, no hervida como la de supermercado, sino cocida en horno de
barro.
Pero
Boris fue un disparo al corazón. Ni bien divisamos por el pasillo por donde
caminábamos algo que parecía un tablero de ajedrez nos lanzamos a verlo.
Quedamos boquiabiertos: era absolutamente artesanal, hecho en quebracho
colorado para los escaques negros y quebracho blanco para los escaques blancos,
según nos dijo. Por donde uno lo mirara quedaba perplejo ante perfección,
excelencia, era un trabajo sublime. Cuando levantamos la vista después de un
rato extasiados, para ver quién estaba detrás de semejante obra de arte, lo descubrimos
ensimismado tallando al detalle los dientes de un caballo. Era un lujo poder
ver en acción semejante talento, absorto como un samurái en las prácticas
matutinas con su sable. Su rostro circunspecto y concentrado, abstraído de todo
lo que lo rodeaba, se escondía bajo una boina negra, detrás de un par de
anteojos recetados. La pasión que ese hombre le ponía a lo que estaba haciendo,
que le había puesto seguramente a lo que estaba en exhibición, era
indescriptible, inenarrable: –¡Quiero uno así! —dijimos con Iván al unísono.
Era un hombre muy joven para tanta destreza, no tendría más de cuarenta y cinco
años, ya tenía algunas canas. Sus gestos y movimientos revelaban una elegancia
infinita, su voz una solemne gravedad. Cuando preguntamos el precio, estaba
muy fuera de nuestras posibilidades en ese momento comprar uno. Juro que valía
lo que pedía, y más también. Le pedimos una tarjetita que creo tener todavía
atesorada entre mis recuerdos importantes.
Por esos
días estábamos de novios. Un tiempo después nos casamos, cuando sentimos la
necesidad de legalizar nuestra unión. No faltó el momento en que la curiosidad
nos pudo y quisimos saber qué mezcla saldría de nuestros genes italianos,
alemanes, españoles, yugoslavos y charrúa, según cuenta otra leyenda, y encargamos
a Felipe, que llegó un 18 de abril casi a las diez de la noche. Una amiga
psicóloga que vino en seguida a verlo al día siguiente, cuando lo vio levantar
el cuello mientras descansaba sobre mi pecho se tapó lo ojos con las manos y
exclamó: — ¡Por favor, qué inteligente va a ser ese chico! —. Fue casi como una
sentencia. Felipe nos asombró al decir una palabra de tres sílabas como
“abuela” a los 9 meses. Nos sorprendió cuando aprendió a caminar a los
10. Felipe “el adelantado”, le decía la pediatra. Felipe que un día me escuchó
contarle a unos alumnos que “chess” en inglés significa ajedrez. Y repitió la
palabra con su vocecita inquisidora por primera vez.
—A-je-dez.
¿Qué es ajedez mami?
—Es un
juego hijo.
— ¿Cómo
es mami?
—Mmmm ...
Tiene un tablero grande ... muchas piezas ... dos caballos, dos torres,
una reina y un rey – le dije pensando que mis conocimientos sobre el juego se
limitan a reconocer donde va cada pieza al comenzar la partida, y el movimiento
de cada una. Iván sí sabía jugar, cuando estuvo en el Balseiro, jugaba partidas
hasta con dos tableros con sus compañeros de estudio.
Una
vuelta Verónica, una alumna que ya era abuela, cayó a una clase con un juego
Ruibal de regalo, cuando Felipe todavía no tenía todavía tres años. Podrán imaginarse
su alegría. Se abalanzó sobre el paquete, lo abrió al instante a los gritos y a
los saltos: —¡Rompé el papel que trae suerte! — sugerí. En seguida le enseñamos
cómo ubicar las piezas. Para sorpresa nuestra, no hubo que repetírselo
más de dos veces. A Iván no le gustó demasiado, decía que era muy chiquito, que
no había que apurarlo, no le quiso enseñar, y yo hice lo que pude que no fue
demasiado. Al tiempo le regalaron otro, de viaje, con piezas que quedaban
fijas, que le encantó. El Ruibal se lo presté en algún momento a Andrés, mi
profesor del gimnasio que le enseñaba a jugar a los presos, organizaba torneos
creo. Nunca volvió de regreso, no porque no quisiera devolvérmelo, sino porque
me pareció que yo no podía sacarle una diversión tan noble a gente que estaba
encerrada entre cuatro paredes.
El tiempo
fue pasando, Felipe llego a segundo grado, y después de pedirnos de todas las
maneras posibles que lo mandáramos a aprender a jugar, averigüé y lo anoté en
el Club de Ajedrez, los jueves iba a rugby seguí que el único día que
tenía para dedicarle eran los martes. Una vez a la semana era suficiente,
cuanto menos se lo estimulara intelectualmente mejor, no necesitaba que lo
anduviéramos adelantando. Ya habíamos tenido demasiados problemas en el colegio
porque era muy despierto. La maestra de la primera salita de jardín usaba unos
recursos pedagógicos basados en tener dos alumnos, el mejor y el peor, y
aleccionar al resto en base a lo que hacía con esos dos. Felipe se
aburría fácil, tuvo mala suerte y le tocó el peor puesto, la maestra lo agarró
de punto y le hizo de todo, hasta llegó a castigarlo sacándole del bolsillo del
pintor las galletitas que él amorosamente guardaba para traerle a Manu que
estaba en mi panza, y las tiraba a la basura. Se hizo fama, y aunque con la
seño Yesi de la segunda salita tuvo mucha suerte porque es la mejor, la de la
tercera sala empezó mal, en marzo no más le dijo delante de todos sus
compañeritos que iba a tener que tomar medicación. Feli salió del colegio
temblando como una hoja, paralizado del miedo, y llorando me contó cómo la
maestra lo humilló delante de todos. No lo dudé y consulté a mi amiga
psicóloga, que le hizo unos tests y llegó a la conclusión de era muy
inteligente y no querían prepararle tarea para tenerlo entretenido. Sufrió
muchísimo por ser así. Vivía en la dirección, porque los nenes estaban
acostumbrados a echarle la culpa de todo. Nadie lo invitaba a jugar a su casa.
A veces todavía me cuenta cosas de esas épocas. A todo esto Iván seguía sin
querer enseñarle, pero para Felipe era suficiente jugar con otros nenes cada
tanto. Hasta llegó a participar de un torneo. Antes de llegar al lugar,
le dijimos que se entretuviera y la pasara bien por el simple hecho de
participar, aunque no faltaron broncas y lágrimas. Otros padres que estaban ese
día ejercían una presión monstruosa sobre sus hijos entrenándolos entre partida
y partida, seguramente con la esperanza de estar formando un futuro maestro.
La
cuestión es que Felipe salía siempre de ajedrez diciendo que había sido el día
más feliz de su vida, y entonces un día me acordé de “Ajedrez Djukich” y lo
busqué en Facebook, aunque no creí que lo fuera a encontrar porque nunca más lo
habíamos visto en otras ferias. Pero sí, existía. Le pedí amistad inmediatamente.
La foto de portada era impactante: un tablero con escaques en Guayubira y
Guaranina. ¡Una locura! Y como las cosas venían bien en el colegio y se
acercaba el cumpleaños, lo convencí a Iván y decidimos comprárselo. Le conté a
Boris de dónde lo conocíamos, nos explicó que era de La Lucila y lo iba a tener
que mandar por encomienda, cosa que nos pareció bien, y se lo encargamos. Lo
que surgió fue extraño, porque entablamos una breve amistad a distancia.
Resulta que se me ocurrió que un artista como él iba a disfrutar mucho de la
reacción que su obra pudiera causar en un niño pequeño y filmamos el momento en
que le dimos su regalo. Boris nos escribió conmovido, disfrutó mucho viendo a
Felipe gritando: —¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! —. No pude con mi
curiosidad, y siempre por chat privado, le pregunté cómo era que había
terminado dedicándose a hacer esto como medio de vida. Ese hombre que vi
una sola vez, con su boina y sus anteojos, me contó su historia, con el corazón
en la mano. Era técnico egresado de un colegio industrial, y para el año 2001,
la época del famoso corralito de Cavalo, se quedó sin trabajo. Y mientras
tanto, pensando qué iba a hacer de su vida, para pasar el mal trago, le empezó
a diseñar y fabricar un juego de ajedrez a su hijo, en madera, absolutamente
artesanal, una pieza única en el mundo, que combinara ese juego con el arte,
para ver si podía engancharlo con el juego.
Cierro
los ojos, y veo a ese padre, en el medio de la peor crisis de su vida, con un
hijo pequeño que alimentar, y sin demasiadas soluciones al alcance de su mano
ya que medio país que había quebrado. Lo veo tomar sus herramientas, improvisar
un taller en el fondo de su casa, enfrentar sus temores, broncas e
inseguridades y traducir su lucha interna en poesía. Porque sus tableros son
poesía. Imagino la paciencia con la que sus manos tallan esa madera. Casi
domándola, doblegándose a sí mismo en el intento de que la perfección de su
visión quede plasmada en las piezas que tiene en la mesa de trabajo. Puedo
sentir el olor a madera. Veo una lágrima, la única, que está enterrada en
ese tablero. Veo el corte en la piel por algún martillazo mal dado. El pequeño
hilo de sangre que se escurre entre las vetas de la madera. Imagino también a
su esposa llevándole un té con escones para que coma algo, porque como
trabajador incansable que es, absorto como lo conocí en la feria, se debe
olvidar de comer, no debe ser muy diferente en su casa. Dolor, sangre, sudor y
lágrimas. Como en el trabajo de parto.
Cuando su
vecino vio el tablero quedó hechizado al instante, y no dudó en encargarle uno
al precio que le pusiera. Así fue como sus tableros fueron embelesando uno a
uno a distintos clientes, fueron surgiendo en distintas maderas y diseños a
partir de ese primer juego concebido con tanto amor. Boris no sabía que en esa
primera obra, le daría vida no solamente a la pasión de su hijo, sino a
su propio destino, a su trabajo, a su propia empresa unipersonal, a la huella
que él iba a dejar en este mundo, en La Lucila y por donde fuera que sus obras
se abrieran paso. Me contó que llegó a exportar algunos que le pidieron desde
el exterior, pero que es demasiado engorroso tanto el tema del embalaje como
que llegue en óptimas condiciones como a él le gusta. Con lo que le encargan en
Argentina le alcanza y le sobra. Parece mentira que ya pasaron dos años de esas
charlas. Le prometí que iba a escribir su historia, y sin embargo no
hallé la manera de contarla. Pude ver el principio, un extremo del hilo rojo,
pero no a dónde me llevaba. Y mi promesa se murió en el intento.
A Felipe
le costó mucho pelear contra la estigmatización que sufrió por parte de esas
dos maestras. Siempre es más fácil pensar que un chico tiene problemas en la
casa, o padece algún déficit atencional, que hacer algo para desentrañar las
cosas y tratar de solucionarlas. Este año no va a poder ir a sus clases al
club, tiene rugby martes y jueves, se le superponen los horarios. Pero la vida
siempre encuentra la forma de que los cambios sucedan. La semana pasada hubo un
show de talentos en el colegio. Como Felipe no sabía qué hacer le sugerí que
preparara unas frases con una breve reseña de la historia del ajedrez, y que
contara desde su experiencia que se trata de un juego de estrategia, cuál es el
objetivo, las piezas más importantes y dónde aprendió a jugar. Al principio se
resistió un poco, pero cuando me preguntó si podía llevar el tablero y le dije
que sí, le brillaron los ojitos. Sentí que algo iba a cambiar. Cuando salió del
colegio estaba radiante, hinchado, feliz. Lo quise ayudar a cargar el juego
hasta el auto pero no me dejó. Lo quería llevar él, con orgullo. Entonces
me dijo que le había ido genial. La profesora quiso que pasara primero, y fue
mostrando las piezas a medida que él las nombraba. Lo aplaudieron como locos,
todos los chicos de 4to, 5to y 6to grado. Todo el mundo quería tocar el
tablero. Pasar un dedo por la superficie brillante. Contarle los dientes a los
caballos. Mirar las cuatro reinas descansar en su caja, dos por cada color, por
si se tiene la suerte de coronar, como me explicó Boris. En el recreo Feli jugó
con un nuevo amigo que hizo ese día en el grado, y los chicos de los cursos más
altos venían a mirarlos jugar y hacían apuestas sobre quién iba a ganar. En el
colegio lo empezaron a tratar con “respeto”, a él que tenía fama de ser de los
peores. Y fue todo tan mágico, que hasta tiene profesor nuevo, su papá, que
supongo que se habrá dado cuenta de que quizás su hijo tenga mejor suerte de la
que tuvo él.
Por este
final escribo el cuento. Porque entendí recién hoy que un extremo del hilo rojo
estaba en la feria hace unos quince años, atado al dedo meñique de Boris. Anidó
en mi cuerpo y esperó a que Felipe existiera, y ahí se enlazó a su dedo.
Esperó, soportó estoico el tiempo, la distancia y los malos momentos,
impertérrito, a que se dieran las condiciones en que Felipe creciera y pudiera
demostrar él solito quién es, y defenderse, abanderado con su pasión y su
tablero.
El hilo
rojo nació en Villa General Belgrano, y une dos almas que no se conocen, por
todo el trayecto que lleva desde La Lucila hasta Santa Rosa, La Pampa. Es difícil imaginarse hasta qué punto
ese hilo invisible, de cuya existencia ahora estoy convencida, puede conectar
los distintos eventos de dos vidas a través de los años. No sé quién sea el
titiritero que mueve los hilos rojos cual director de orquesta, en el momento
exacto, con precisión de reloj suizo. Muchos creerán que es algún dios, otros
le dirán destino. Para mí, fue el amor de Boris por su arte.
La Plata,
marzo de 2015
