Ese día tenía que viajar a capital a una clase de literatura
norteamericana. Me fui a la estación de trenes temprano, cansada como siempre
de no dormir, dominada por la ansiedad y por la culpa. Me senté en uno de los
bancos a esperar la hora del tren y me puse los auriculares para escuchar
música (en esa época eran walkmans, ¡con cassettes!). Ni bien puse play, sonó
“Wish you were here”, de Pink Floyd, y yo deseaba realmente que él estuviera
ahí, que me explicara que sentía, por qué, y por qué con él. Se me llenaron los
ojos de lágrimas, muchas lágrimas. En eso se para al lado mío una vieja, una
señora de unos 80 años. Se ve que me había visto. Me miró, me sonrió cálidamente
y me ofreció un pañuelo de papel.
- ¿Qué te anda pasando nena? - me largó muy suelta.
Y ahí empecé a llorar con congoja, con dolor en el
pecho, a moco tendido delante de esa extraña que nada más me vió. Cuando pude decir algo, le confesé:
- Me enamoré, como una pelotuda. Mal. Tengo novio hace muchos
años, y no va que me voy a enamorar de uno que encima es terrible mujeriego ...
- Ahhhhhhh, eso sí es un problema ...
La vieja sacó un cigarrillo, se sentó al lado mío, se lo
prendió y me ofreció uno. Yo no sabía fumar, pero estaba tan sobrepasada que lo
agarré, lo prendí, y fue como si siempre hubiera fumado. Y seguí llorando. Le
conté a groso modo la situación, era un amigo de mi hermano, hasta donde yo
sabía muy hincha pelotas, muy mujeriego, para nada lindo, pero vaya uno a saber
por qué, me caló tan profundo. Cuando me quise dar cuenta el tren había
llegado, se había ido, seguro me perdía la clase, pero bueno, esto
evidentemente era más urgente. Ella me escuchaba en silencio, me miraba atenta,
como si fuera su misión dedicarme ese rato.
- Yo
no puedo tirar mi vida por la borda por este tipo - le dije cuando terminé mi
relato.
Mi
miró con cariño, y me secó las lágrimas ella misma con un pañuelo.
- Ay nena nena, hay algo que tenés que saber de estos hombres
- me dijo, y se puso seria - son encantadores, sí, terriblemente seductores, y
lo saben y lo aprovechan.
Se prendió otro pucho, fijó su mirada en las vías del tren, a lo lejos, se peinó las canas con una mano, como si supiera muy bien de qué hablaba, como si lo
hubiera vivido en carne propia.
- El tema es que no saben amarse, no tienen un gramo de
autoestima. Suelen ser los hijos del medio. Es fácil reconocerlos por sus excesos con la comida, bebida, sexo, tabaco, juego, y todo tipo de vicios.
La descripción le caía justito. Era lo que más me atraía de
él, sus vicios. Me arrastraban, esos vicios tenían un poder sobrenatural sobre
mí.
- Su táctica, por decirle de algún modo porque ellos lo
hacen sin darse cuenta, es nutrirse del amor que le profesan las mujeres que
caen en sus redes. Es como que compensan lo que no sienten por ellos
mismos con lo que sienten esas mujeres que se derriten con sus encantos. Rara
vez concretan algún amor más allá de una buena revolcada. Llevarlo a la
realidad sería para ellos arriesgarse a sentir algo, a invertir en cuentas ajenas, y eso los desequilibraría. Son como los avaros, pero con los
afectos.
Se le cayó una lágrima a ella también. Le quise preguntar,
pero no me dejó hablar, y siguió:
- No tienen piedad cuando las ven sufrir, y se esconden detrás
de máscaras de patitos feos - te cuentan historias tristísimas - o de
supermachos. Y en el fondo siguen siendo niños sedientos del amor de una madre
que se tuvo que dedicar a otras cosas u otros hijos.
Dió la última pitada, tiró la colilla y la pisó con bronca,
como si fuera una cucaracha que no se quería morir.
- La única mujer que encaja en sus vidas es la que puede
cumplir con ese rol de madre, hasta tiene que permitirle aventuras con otras
mujeres ... Mejor mirá para otro lado. No maduran jamás ...
Faltaba poco para el próximo tren. Pensé en levantarme para comprar algo en el kiosco antes de irme, pero me clavó sus ojos negros y me miró risueña, con cara de bruja que trama algo.
- Existe una vieja maldición - dijo con picardía - "Ojalá te
enamores". Se la desean los árabes a sus peores enemigos. Para algunas
culturas enamorarse puede ser un buen castigo. Para ellos, el desastre del enamoramiento
radica en la pérdida del juicio y la voluntad, así que no imaginan mejor
castigo que ver a su enemigo convertido en un enamorado vulnerable y
descentrado.
Entonces sacó un frasquito con un líquido rojo, no sé que
era, espero que no fuera sangre.
- Escribime el nombre en este papel.
Me extendió un papel grueso, viejo, como si fuera algo reciclado.
Escribí el nombre, se lo dí, tiró unas gotas del líquido arriba, hizo un bollo
y, miró al cielo, diciendo solemne:
- Yo pido que ¡Ojalá te enamores!
Sacó el encendedor y lo quemó ante las miradas atónitas de los demás pasajeros. Justo llegó el tren siguiente,
le di un beso, le di las gracias un tanto sorprendida por lo que hizo y me fui. Y durante el viaje a Capital, pensé
muy bien en todo lo que me dijo.
A los pocos días, encontré sobre
mi cama una carta anónima con la frase “La pasión no es más que un invento”. Supuse que era de él. Y que la
maldición había funcionado. Jamás le dije nada. Preferí creer que era él quien había caído en mis redes y me olvidé del asunto.
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