domingo, 12 de abril de 2026

PRETTY MAMMA

No tuve la suerte de sentirme amada
las dos guardamos el secreto
me engendró tu odio desmesurado
tus envidias disfrazadas de idolatría
la desesperación y la falta de coraje
no fui ovulo, no …
y no fui semen …
Hace cuarenta años
que extraño tu pecho seco 
no quiso amamantarne
y ese cordón que nos unió alguna vez
A vos no te gusto que no fuera dócil
Y a mi no me gusto que no fueras tierna
Y así traté de domesticar mis dones
para mendigar una caricia
que nunca llegó 
Y vos trataste de sentir lástima
pero mi sombra te hace sombra
y la sola idea de que soy
lo que deseaste
que no hubo tiniebla
que pudiera arrancarme el alma
te doblega con el paso del tiempo
porque a diferencia del resto
yo no tengo precio
mas que unas semillas
esparcidas sobre mi tumba.

viernes, 10 de abril de 2026

LA VIEJA DE LA ESTACION

Martín me rompió el corazón. No entendí muy bien cómo, un día me di cuenta de que me prestaba demasiada atención, y así, sin querer, me fui enganchando. Yo tenía novio hacía tres años y la situación se me puso fea, porque me resultaba insoportable la idea tanto de dejarlo como de cagarlo. Y estuve un tiempo así, en una encrucijada, haciéndome la idiota ante las insinuaciones de Martín, llorando por los rincones escondiendo una pasión tan grande y tan al pedo. Andaba como bola sin manija, a la deriva, sin saber qué hacer, ni cómo controlar la situación y tratando de disimular lo que me quemaba por dentro. 

Ese día tenía que viajar a capital a una clase de literatura norteamericana. Me fui a la estación de trenes temprano, cansada como siempre de no dormir, dominada por la ansiedad y por la culpa. Me senté en uno de los bancos a esperar la hora del tren y me puse los auriculares para escuchar música (en esa época eran walkmans, ¡con cassettes!). Ni bien puse play, sonó “Wish you were here”, de Pink Floyd, y yo deseaba realmente que él estuviera ahí, que me explicara que sentía, por qué, y por qué con él. Se me llenaron los ojos de lágrimas, muchas lágrimas. En eso se para al lado mío una vieja, una señora de unos 80 años. Se ve que me había visto. Me miró, me sonrió cálidamente y me ofreció un pañuelo de papel.

- ¿Qué te anda pasando nena? - me largó muy suelta. 

Y ahí empecé a llorar con congoja, con dolor en el pecho, a moco tendido delante de esa extraña que nada más me vió. Cuando pude decir algo, le confesé:

- Me enamoré, como una pelotuda. Mal. Tengo novio hace muchos años, y no va que me voy a enamorar de uno que encima es terrible mujeriego ...

- Ahhhhhhh, eso sí es un problema ...

La vieja sacó un cigarrillo, se sentó al lado mío, se lo prendió y me ofreció uno. Yo no sabía fumar, pero estaba tan sobrepasada que lo agarré, lo prendí, y fue como si siempre hubiera fumado. Y seguí llorando. Le conté a groso modo la situación, era un amigo de mi hermano, hasta donde yo sabía muy hincha pelotas, muy mujeriego, para nada lindo, pero vaya uno a saber por qué, me caló tan profundo. Cuando me quise dar cuenta el tren había llegado, se había ido, seguro me perdía la clase, pero bueno, esto evidentemente era más urgente. Ella me escuchaba en silencio, me miraba atenta, como si fuera su misión dedicarme ese rato.

- Yo no puedo tirar mi vida por la borda por este tipo - le dije cuando terminé mi relato.

Mi miró con cariño, y me secó las lágrimas ella misma con un pañuelo.

- Ay nena nena, hay algo que tenés que saber de estos hombres - me dijo, y se puso seria - son encantadores, sí, terriblemente seductores, y lo saben y lo aprovechan.

Se prendió otro pucho, fijó su mirada en las vías del tren, a lo lejos, se peinó las canas con una mano, como si supiera muy bien de qué hablaba, como si lo hubiera vivido en carne propia.

- El tema es que no saben amarse, no tienen un gramo de autoestima. Suelen ser los hijos del medio. Es fácil reconocerlos por sus excesos con la comida, bebida, sexo, tabaco, juego, y todo tipo de vicios.

La descripción le caía justito. Era lo que más me atraía de él, sus vicios. Me arrastraban, esos vicios tenían un poder sobrenatural sobre mí.

- Su táctica, por decirle de algún modo porque ellos lo hacen sin darse cuenta, es nutrirse del amor que le profesan las mujeres que caen en sus redes. Es como que compensan lo que no sienten por ellos mismos con lo que sienten esas mujeres que se derriten con sus encantos. Rara vez concretan algún amor más allá de una buena revolcada. Llevarlo a la realidad sería para ellos arriesgarse a sentir algo, a invertir en cuentas ajenas, y eso los desequilibraría. Son como los avaros, pero con los afectos. 

Se le cayó una lágrima a ella también. Le quise preguntar, pero no me dejó hablar, y siguió:

- No tienen piedad cuando las ven sufrir, y se esconden detrás de máscaras de patitos feos - te cuentan historias tristísimas - o de supermachos. Y en el fondo siguen siendo niños sedientos del amor de una madre que se tuvo que dedicar a otras cosas u otros hijos.

Dió la última pitada, tiró la colilla y la pisó con bronca, como si fuera una cucaracha que no se quería morir.

- La única mujer que encaja en sus vidas es la que puede cumplir con ese rol de madre, hasta tiene que permitirle aventuras con otras mujeres ... Mejor mirá para otro lado. No maduran jamás ... 

Faltaba poco para el próximo tren. Pensé en levantarme para comprar algo en el kiosco antes de irme, pero me clavó sus ojos negros y me miró risueña, con cara de bruja que trama algo.

- Existe una vieja maldición - dijo con picardía -  "Ojalá te enamores". Se la desean los árabes a sus peores enemigos. Para algunas culturas enamorarse puede ser un buen castigo. Para ellos, el desastre del enamoramiento radica en la pérdida del juicio y la voluntad, así que no imaginan mejor castigo que ver a su enemigo convertido en un enamorado vulnerable y descentrado. 

Entonces sacó un frasquito con un líquido rojo, no sé que era, espero que no fuera sangre.

- Escribime el nombre en este papel.

Me extendió un papel grueso, viejo, como si fuera algo reciclado. Escribí el nombre, se lo dí, tiró unas gotas del líquido arriba, hizo un bollo y, miró al cielo, diciendo solemne:

- Yo pido que ¡Ojalá te enamores!

Sacó el encendedor y lo quemó ante las miradas atónitas de los demás pasajeros. Justo llegó el tren siguiente, le di un beso, le di las gracias un tanto sorprendida por lo que hizo y me fui. Y durante el viaje a Capital, pensé muy bien en todo lo que me dijo.


A los pocos días, encontré sobre mi cama una carta anónima con la frase “La pasión no es más que un invento”. Supuse que era de él. Y que la maldición había funcionado. Jamás le dije nada. Preferí creer que era él quien había caído en mis redes y me olvidé del asunto.