sábado, 17 de octubre de 2015

UNA CANCIÓN DE AMOR, TODAVÍA ....


Hace diecisiete años, una amiga me invitó a Almendra. Yo estaba cansada, no tenía ganas de salir ese finde. Pero le hice la pata, ella tenía que ir a ver a alguien y no la podía dejar en banda ... Le dije que salía pero así como estaba, con un jean roto, una remera y sin maquillaje. Me sentía libre como no me había sentido nunca, de todo tipo de relaciones que pudieran aprisionarme, y me dije secretamente, "bueno, salgo a festejar eso".
Cuando llegamos estaba lleno de gente, literalmente. No se podía respirar. Pero nos encontramos. Te habías tomado el día en el laburo en Bobi's para ir a ver a Skay Beilinson. De otra manera jamás hubieras estado en ese lugar en ese momento. Me saludaste, con tu pelo interminablemente rubio y largo. Nos conocíamos de haber compartido con amigos en común un par de noches en Bobi's y en Jonathan, en las que si mal no recuerdo no habíamos hecho otra cosa que pelear. De repente quedó libre una mesa, nosotras estábamos más cerca y cuando nos íbamos a avalanzar para ocuparla, me dio pena dejarlos ahí parados, y les dijimos que sí se querían sentar no había problema. Se acercaron, pedimos una cerveza, y empezamos a charlar de cualquier cosa, vaso va, vaso viene, hasta que tu amigo tuvo un desperfecto intestinal y se tuvo que ir urgente, según me entere después. Al rato vos le pediste a mi amiga que se fuera, que nos dejara solos. Yo que no entendía qué pasaba, ese día no había salido a jugar a nada...
Me quisiste explicar física cuántica, y yo te escuchaba extasiada de escuchar a alguien que en mi mismo idioma me hablara de cosas que no entendía. Se había hecho de día, y mientras nos íbamos caminando, se nos iban cayendo a pedazos las caretas, los disfraces, las vueltas, íbamos quedando en carne viva, a puro sol. Todavía no entiendo por qué. Me contaste algo de tu vida, y yo algo de la mía. Nos quedamos por ahí, tomando un Pronto Shake perdidos en alguna esquina del centro.
Cuando llegó el turno de hablar de amor y relaciones, así sin anestesia, me tiraste un un "Yo voy a saber quién es la mujer de mi vida cuando le dé la mano y sepa que va a ser quien me la sostenga cuando me esté muriendo".
Y quedé ahí, dura, estupefacta, ruborizada, aturdida, escuchando la contrapartida de las palabras que había escrito en mi diario algún tiempo atrás, "el hombre de mi vida iba a ser aquél a quien yo supiera que le iba a sostener la mano cuando fuera el momento de su muerte".
No sé qué clase de pacto habremos firmado en otras vidas. O si algún diablito o angelito te sopló al oído la contraseña para entrarme al alma. Mi diario estaba en casa. Escrito en inglés, bajo llave. No hay explicación. tampoco es algo que uno ande escuchando, la gente no se reconoce por cosas así. O a lo mejor sí ...
Hoy hace diecisiete años de ese día. Tuvimos idas y venidas. Momentos de todo tipo y color. Mágicos, lindos, trágicos. Seguiría eligiendo vivirlos con vos. Porque en todos estos años jamás me soltaste la mano. Porque seguimos durmiendo abrazados como el primer día, y porque si tengo que pelear contra dragones, internos y externos, y subirme a la torre más alta por una cucharita más, escupo fuego.
Feliz aniversario mi amor, así, en público, y contra viento y marea.

lunes, 30 de marzo de 2015

EL HILO ROJO



Cuenta una leyenda oriental que las personas destinadas a conocerse están unidas por un hilo rojo anudado a sus respectivos meñiques. El hilo permanece siempre atado, a pesar del tiempo y la distancia. No importa cuánto tardes en conocer a esa persona. No importa que pases mucho tiempo sin verla. Ni siquiera importa si vives en la otra punta del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá. Este hilo viene contigo desde tu nacimiento y te acompañará, más o menos tenso, más o menos enredado, a lo largo de toda tu vida.

A Boris lo conocimos en Villa General Belgrano, no recuerdo bien en qué año, después del 2000 seguro. Fuimos a pasar un fin de semana largo a la casa de la familia de Iván, y como de casualidad había una feria de artesanos que venían de todo el país, fuimos a conocerla. Fue una gran sorpresa, porque más que artesanos, los de esa feria eran verdaderos artistas. ¡Había de todo! Me encantaron unos juegos de ingenio hechos con alambre, dificilísimos, maravillosos para entretenerse un rato largo. Había varios stands con licores artesanales, recuerdo que el que me traje, un lemoncello riquísimo, se nos terminó en seguida, me lo tome de a sorbitos sin darme cuenta, en un par de semanas. También compré una réplica en cerámica de un calendario maya que todavía tengo colgado en una pared en casa. Era todo precioso. Hasta los aromas que nos invadían por todos lados, sahumerios, velas, aunque lo mejor venía del stand de Porky's, un lugar que lamentablemente cerró hace algunos años, que se dedicaba a la fabricación artesanal de fiambres. Los mejores salamines, bondiolas y jamones crudos que haya probado en mi vida. Y, contra todo pronóstico, una mortadela que era un manjar, no hervida como la de supermercado, sino cocida en horno de barro.

Pero Boris fue un disparo al corazón. Ni bien divisamos por el pasillo por donde caminábamos algo que parecía un tablero de ajedrez nos lanzamos a verlo. Quedamos boquiabiertos: era absolutamente artesanal, hecho en quebracho colorado para los escaques negros y quebracho blanco para los escaques blancos, según nos dijo. Por donde uno lo mirara quedaba perplejo ante  perfección, excelencia, era un trabajo sublime. Cuando levantamos la vista después de un rato extasiados, para ver quién estaba detrás de semejante obra de arte, lo descubrimos ensimismado tallando al detalle los dientes de un caballo. Era un lujo poder ver en acción semejante talento, absorto como un samurái en las prácticas matutinas con su sable. Su rostro circunspecto y concentrado, abstraído de todo lo que lo rodeaba, se escondía bajo una boina negra, detrás de un par de anteojos recetados. La pasión que ese hombre le ponía a lo que estaba haciendo, que le había puesto seguramente a lo que estaba en exhibición, era indescriptible, inenarrable: –¡Quiero uno así! —dijimos con Iván al unísono. Era un hombre muy joven para tanta destreza, no tendría más de cuarenta y cinco años, ya tenía algunas canas. Sus gestos y movimientos revelaban una elegancia infinita, su voz  una solemne gravedad. Cuando preguntamos el precio, estaba muy fuera de nuestras posibilidades en ese momento comprar uno. Juro que valía lo que pedía, y más también. Le pedimos una tarjetita que creo tener todavía atesorada entre mis recuerdos importantes.

Por esos días estábamos de novios. Un tiempo después nos casamos, cuando sentimos la necesidad de legalizar nuestra unión. No faltó el momento en que la curiosidad nos pudo y quisimos saber qué mezcla saldría de nuestros genes italianos, alemanes, españoles, yugoslavos y charrúa, según cuenta otra leyenda, y encargamos a Felipe, que llegó un 18 de abril casi a las diez de la noche. Una amiga psicóloga que vino en seguida a verlo al día siguiente, cuando lo vio levantar el cuello mientras descansaba sobre mi pecho se tapó lo ojos con las manos y exclamó: — ¡Por favor, qué inteligente va a ser ese chico! —. Fue casi como una sentencia. Felipe nos asombró al decir una palabra de tres sílabas como “abuela” a los  9 meses. Nos sorprendió cuando aprendió a caminar a los 10. Felipe “el adelantado”, le decía la pediatra. Felipe que un día me escuchó contarle a unos alumnos que “chess” en inglés significa ajedrez. Y repitió la palabra con su vocecita inquisidora por primera vez.

—A-je-dez. ¿Qué es ajedez mami?
—Es un juego hijo.
— ¿Cómo es mami?
—Mmmm ... Tiene un tablero grande  ... muchas piezas ... dos caballos, dos torres, una reina y un rey – le dije pensando que mis conocimientos sobre el juego se limitan a reconocer donde va cada pieza al comenzar la partida, y el movimiento de cada una. Iván sí sabía jugar, cuando estuvo en el Balseiro, jugaba partidas hasta con dos tableros con sus compañeros de estudio.

Una vuelta Verónica, una alumna que ya era abuela, cayó a una clase con un juego Ruibal de regalo, cuando Felipe todavía no tenía todavía tres años. Podrán imaginarse su alegría. Se abalanzó sobre el paquete, lo abrió al instante a los gritos y a los saltos: —¡Rompé el papel que trae suerte! — sugerí. En seguida le enseñamos cómo  ubicar las piezas. Para sorpresa nuestra, no hubo que repetírselo más de dos veces. A Iván no le gustó demasiado, decía que era muy chiquito, que no había que apurarlo, no le quiso enseñar, y yo hice lo que pude que no fue demasiado. Al tiempo le regalaron otro, de viaje, con piezas que quedaban fijas, que le encantó. El Ruibal se lo presté en algún momento a Andrés, mi profesor del gimnasio que le enseñaba a jugar a los presos, organizaba torneos creo. Nunca volvió de regreso, no porque no quisiera devolvérmelo, sino porque me pareció que yo no podía sacarle una diversión tan noble a gente que estaba encerrada entre cuatro paredes.

El tiempo fue pasando, Felipe llego a segundo grado, y después de pedirnos de todas las maneras posibles que lo mandáramos a aprender a jugar, averigüé y lo anoté en el Club de Ajedrez, los jueves iba a rugby  seguí que el único día que tenía para dedicarle eran los martes. Una vez a la semana era suficiente, cuanto menos se lo estimulara intelectualmente mejor, no necesitaba que lo anduviéramos adelantando. Ya habíamos tenido demasiados problemas en el colegio porque era muy despierto. La maestra de la primera salita de jardín usaba unos recursos pedagógicos  basados en tener dos alumnos, el mejor y el peor, y aleccionar al resto en base a lo que hacía con esos dos. Felipe  se aburría fácil, tuvo mala suerte y le tocó el peor puesto, la maestra lo agarró de punto y le hizo de todo, hasta llegó a castigarlo sacándole del bolsillo del pintor las galletitas que él amorosamente guardaba para traerle a Manu que estaba en mi panza, y las tiraba a la basura. Se hizo fama, y aunque con la seño Yesi de la segunda salita tuvo mucha suerte porque es la mejor, la de la tercera sala empezó mal, en marzo no más le dijo delante de todos sus compañeritos que iba a tener que tomar medicación. Feli salió del colegio temblando como una hoja, paralizado del miedo, y llorando me contó cómo la maestra lo humilló delante de todos. No lo dudé y consulté a mi amiga psicóloga, que le hizo unos tests y llegó a la conclusión de era muy inteligente y no querían prepararle tarea para tenerlo entretenido. Sufrió muchísimo por ser así. Vivía en la dirección, porque los nenes estaban acostumbrados a echarle la culpa de todo. Nadie lo invitaba a jugar a su casa. A veces todavía me cuenta cosas de esas épocas. A todo esto Iván seguía sin querer enseñarle, pero para Felipe era suficiente jugar con otros nenes cada tanto. Hasta llegó a participar de un torneo. Antes de llegar al lugar,   le dijimos que se entretuviera y la pasara bien por el simple hecho de participar, aunque no faltaron broncas y lágrimas. Otros padres que estaban ese día ejercían una presión monstruosa sobre sus hijos entrenándolos entre partida y partida, seguramente con la esperanza de estar formando un futuro maestro.

La cuestión es que Felipe salía siempre de ajedrez diciendo que había sido el día más feliz de su vida, y entonces un día me acordé de “Ajedrez Djukich” y lo busqué en Facebook, aunque no creí que lo fuera a encontrar porque nunca más lo habíamos visto en otras ferias. Pero sí, existía. Le pedí amistad inmediatamente. La foto de portada era impactante: un tablero con escaques en Guayubira y Guaranina. ¡Una locura! Y como las cosas venían bien en el colegio y se acercaba el cumpleaños, lo convencí a Iván y decidimos comprárselo. Le conté a Boris de dónde lo conocíamos, nos explicó que era de La Lucila y lo iba a tener que mandar por encomienda, cosa que nos pareció bien, y se lo encargamos. Lo que surgió fue extraño, porque entablamos una breve amistad a distancia. Resulta que se me ocurrió que un artista como él iba a disfrutar mucho de la reacción que su obra pudiera causar en un niño pequeño y filmamos el momento en que le dimos su regalo. Boris nos escribió conmovido, disfrutó mucho viendo a Felipe gritando: —¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! —. No pude con mi curiosidad, y siempre por chat privado, le pregunté cómo era que había terminado dedicándose a hacer esto como medio de vida. Ese hombre  que vi una sola vez, con su boina y sus anteojos, me contó su historia, con el corazón en la mano. Era técnico egresado de un colegio industrial, y para el año 2001, la época del famoso corralito de Cavalo, se quedó sin trabajo. Y mientras tanto, pensando qué iba a hacer de su vida, para pasar el mal trago, le empezó a diseñar y fabricar un juego de ajedrez a su hijo, en madera, absolutamente artesanal, una pieza única en el mundo, que combinara ese juego con el arte, para ver si podía engancharlo con el juego.

Cierro los ojos, y veo a ese padre, en el medio de la peor crisis de su vida, con un hijo pequeño que alimentar, y sin demasiadas soluciones al alcance de su mano ya que medio país que había quebrado. Lo veo tomar sus herramientas, improvisar un taller en el fondo de su casa, enfrentar sus temores, broncas e inseguridades y traducir su lucha interna en poesía. Porque sus tableros son poesía. Imagino la paciencia con la que sus manos tallan esa madera. Casi domándola, doblegándose a sí mismo en el intento de que la perfección de su visión quede plasmada en las piezas que tiene en la mesa de trabajo. Puedo sentir el olor a madera. Veo una lágrima, la única, que  está enterrada en ese tablero. Veo el corte en la piel por algún martillazo mal dado. El pequeño hilo de sangre que se escurre entre las vetas de la madera. Imagino también a su esposa llevándole un té con escones para que coma algo, porque como trabajador incansable que es, absorto como lo conocí en la feria, se debe olvidar de comer, no debe ser muy diferente en su casa. Dolor, sangre, sudor y lágrimas. Como en el trabajo de parto.

Cuando su vecino vio el tablero quedó hechizado al instante, y no dudó en encargarle uno al precio que le pusiera. Así fue como sus tableros fueron embelesando uno a uno a distintos clientes, fueron surgiendo en distintas maderas y diseños a partir de ese primer juego concebido con tanto amor. Boris no sabía que en esa primera obra,  le daría vida no solamente a la pasión de su hijo, sino a su propio destino, a su trabajo, a su propia empresa unipersonal, a la huella que él iba a dejar en este mundo, en La Lucila y por donde fuera que sus obras se abrieran paso. Me contó que llegó a exportar algunos que le pidieron desde el exterior, pero que es demasiado engorroso tanto el tema del embalaje como que llegue en óptimas condiciones como a él le gusta. Con lo que le encargan en Argentina le alcanza y le sobra. Parece mentira que ya pasaron dos años de esas charlas. Le prometí  que iba a escribir su historia, y sin embargo no hallé la manera de contarla. Pude ver el principio, un extremo del hilo rojo, pero no a dónde me llevaba. Y mi promesa se murió en el intento.

A Felipe le costó mucho pelear contra la estigmatización que sufrió por parte de esas dos maestras. Siempre es más fácil pensar que un chico tiene problemas en la casa, o padece algún déficit atencional, que hacer algo para desentrañar las cosas y tratar de solucionarlas. Este año no va a poder ir a sus clases al club, tiene rugby martes y jueves, se le superponen los horarios. Pero la vida siempre encuentra la forma de que los cambios sucedan. La semana pasada hubo un show de talentos en el colegio. Como Felipe no sabía qué hacer le sugerí que preparara unas frases con una breve reseña de la historia del ajedrez, y que contara desde su experiencia que se trata de un juego de estrategia, cuál es el objetivo, las piezas más importantes y dónde aprendió a jugar. Al principio se resistió un poco, pero cuando me preguntó si podía llevar el tablero y le dije que sí, le brillaron los ojitos. Sentí que algo iba a cambiar. Cuando salió del colegio estaba radiante, hinchado, feliz. Lo quise ayudar a cargar el juego hasta el auto pero no me dejó. Lo quería  llevar él, con orgullo. Entonces me dijo que le había ido genial. La profesora quiso que pasara primero, y fue mostrando las piezas a medida que él las nombraba. Lo aplaudieron como locos, todos los chicos de 4to, 5to y 6to grado. Todo el mundo quería tocar el tablero. Pasar un dedo por la superficie brillante. Contarle los dientes a los caballos. Mirar las cuatro reinas descansar en su caja, dos por cada color, por si se tiene la suerte de coronar, como me explicó Boris. En el recreo Feli jugó con un nuevo amigo que hizo ese día en el grado, y los chicos de los cursos más altos venían a mirarlos jugar y hacían apuestas sobre quién iba a ganar. En el colegio lo empezaron a tratar con “respeto”, a él que tenía fama de ser de los peores. Y fue todo tan mágico, que hasta tiene profesor nuevo, su papá, que supongo que se habrá dado cuenta de que quizás su hijo tenga mejor suerte de la que tuvo él.

Por este final escribo el cuento. Porque entendí recién hoy que un extremo del hilo rojo estaba en la feria hace unos quince años, atado al dedo meñique de Boris. Anidó en mi cuerpo y esperó a que Felipe existiera, y ahí se enlazó a su dedo. Esperó, soportó estoico el tiempo, la distancia y los malos momentos, impertérrito, a que se dieran las condiciones en que Felipe creciera y pudiera demostrar él solito quién es, y defenderse, abanderado con su pasión y su tablero.

El hilo rojo nació en Villa General Belgrano, y une dos almas que no se conocen, por todo el trayecto que lleva desde La Lucila hasta Santa Rosa, La Pampa. Es difícil imaginarse hasta qué punto ese hilo invisible, de cuya existencia ahora estoy convencida, puede conectar los distintos eventos de dos vidas a través de los años. No sé quién sea el titiritero que mueve los hilos rojos cual director de orquesta, en el momento exacto, con precisión de reloj suizo. Muchos creerán que es algún dios, otros le dirán destino. Para mí, fue el amor de Boris por su arte.


La Plata, marzo de 2015